martes, 7 de abril de 2015

SENCILLO PARADISO relato corto


SENCILLO PARADISO
a toda madre caribeña

Alguna vez desanduve esta playa yerma, colmada hasta su orilla de gentes revoltosas y felices. Repasaba la margen escudriñando sobre la arena el origen de de mi veta, pero no la encontraba, tan escondido estaba el umbral de mi misma existencia. Hora tras hora, mientras el sol se culminaba en el cielo límpido y azulado, arrastraba mis pies buscando, tanteando, olfateando mi porvenir sobre la angostura del litoral. Sabía que mi destino residía allí, y nada más que allí.Conocía desde centurias lejanísimas que mi providencia estaba enterrada bajo los montículos de aquel estado paradisíaco.

En vano seguí mi exploración arrodillándome sobre los gránulos de sílice, sobre las conchas trituradas sobre las algas descompuestas bajo la irradiación solar. Nada había encontrado durante aquella jornada presagiada y redentora. La ribera, el mar confrontándome, el barullo de las olas usurpando mis miramientos, el total vértigo de la marea sobrecogedora no me brindaban regocijo. Desconsolada retorné a la playa hasta que la luna se escabulló entre neblinas y se sitúo sobre mi cabeza coronada de desesperanza. Entonces la noche me abrigaba como se ciñe a la infanta desprovista de sextantes y mapas nautas. Huérfana de padres terrenales, nacida quizás solamente de individuos acuáticos, sirena sería yo -pensé casi marchita-. Afronté el playón hasta que encontré el exacto refugio de mis caderas y de mis senos, de mi pubis probo y de mis pensamientos contrariados. Bajo las palmas convoqué a los patronos del sueño para que me arrebujaran. Así trascurrió la primera sombra, la primera vela, la primera espera noctívaga.

Después de múltiples amaneceres el canto de las gaviotas hizo restallar mis tímpanos y el humus pesado del océano, cargado de hálitos a ballena y tiburón, a pez y mantarraya, a morada subterránea de hados antiguos, me convocó de nuevo a la averiguación del efebo, de aquel que habría de multiplicarme sobre la rompiente. Me puse de pie y enfrenté el despuntar de ese notorio día, la cabeza erguida, el corazón palpitando al fuerte galope de tumbos fabulosos.

Perseguí mi inquisición, proseguí el callado pero terco sondear de la rompiente. Trajiné mucho, profusamente se desgastaron mis pies viajando bahías, ensenadas, manglares y sencillos edenes dispuestos frente al abismo furibundo. De pronto la figura de él, allí, esperándome como quien ha anhelado por siempre aquel instante y yo excitada de conquista me acerqué agilmente, como previniendo un arrebatado gesto, una fugaz escapada.

No tuve libertad ni paz hasta que fui suya, completa en cuerpo y substancia. Mi entrega fue total y sediciosa. Convulsionados por el pronosticado encuentro, derrumbados sobre las dunas nos besamos hasta que el astro magnánimo volvió a menguar y la Diana volvió a platinar el cielo y hasta que las estrellas trepidaron radiantes de ansia sideral.

Así te concebiste a este mundo, hijo mío, así te conformaste de elementos marinos y Caribes. ¿Ahora comprendes el linaje de tus rasgos cerúleos, de tu voz espumosa, de tu cuerpo liso y brillante? ¿Entiendes actualmente que has heredado el pulso y la tribulación del maremoto y su rabia enigmática? Tú eres el vástago del piélago, el retoño de la peregrina tórrida y del hombre de tierra firme durante este tiempo de dificultosos e inpronosticables influjos…



© Rafael Ángel Valladares Ríos

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